Investigación rescata la Navidad del Chile del siglo XIX


La historiadora UC Olaya Sanfuentes se abocó a la tarea de descubrir cómo era la Navidad de antaño, esa donde todos salían a la calle a dar ofrendas, regalar frutas, ir a misa y bailar hasta el amanecer.

Viernes, 23 de Diciembre de 2011 00:00

Los regalos eran frutas y flores, las iglesias y viviendas exhibían pesebres en sus portales, y la gente acudía a la Misa del Gallo para luego partir a las fondas que se instalaban en la Alameda de las Delicias. Así se celebraba la Navidad en el Chile decimonónico. Nada se sabía entonces de pino navideño ni mucho menos de Viejo Pascuero. Dar cuenta de cómo era esta celebración y los cambios que se fueron produciendo a la llegada del nuevo siglo, es justamente la tarea a la que se ha abocado la profesora del Instituto de Historia Olaya Sanfuentes.

“La ciudad era capaz de albergar, sin distinciones, a todos aquellos que querían celebrar y conmemorar”, cuenta esta historiadora. Se trataba de una fiesta donde todos tenían cabida: ricos y pobres, niños y adultos, santiaguinos y campesinos. Era una celebración eminentemente comunitaria y pública, la fiesta era en la calle, primero en la Plaza de Abastos y luego en la Alameda. Aquí se instalaban puestos y cocinerías, se organizaban juegos tradicionales y los árboles se adornaban con frutas de la estación. El mismo 24, las iglesias competían por atraer a los fieles con sus retablos y adornos. Luego partían las fondas, sonde se tomaba chicha y ponche, se bailaba zamacueca, y sonaba la música del arpa, vihuela y guitarras. La fiesta duraba hasta altas horas de la noche y los más trasnochados terminaban en el Mercado Central, al más puro estilo de un año nuevo actual. Se trataba de una sociedad con una mentalidad agraria muy marcada. “La gente se regalaba frutas de la estación y flores. Estaba muy presente la idea de que comenzaba un nuevo ciclo, en que la naturaleza renacía y empezaba un nuevo año lleno de buenas intenciones”, cuenta Sanfuentes. Pero era, ante todo, una fiesta profundamente religiosa. No había casa sin pesebre y los fieles acudían a las iglesias a dejar sus ofrendas, que eran por supuesto flores, frutas e imágenes del niño Jesús. Las celebraciones eran precedidas por una preparación espiritual a través del rezo de la Novena: nueve días de oraciones, sacrificios y ofrendas. Pero con la llegada del nuevo siglo, las cosas comenzaron a cambiar. La elite dejó las calles para celebrar en la privacidad de su hogar o en los clubes sociales. La Iglesia criticó el tono carnavalesco de la celebración: se debía poner fin al desorden, las borracheras, las riñas, y a tanta proximidad entre hombres y mujeres. La influencia europea también se hizo sentir. Las casas comenzaron a exhibir los primeros pinos de pascua junto al tradicional pesebre. La aparición de las primeras tiendas por departamento y sus lujosas vitrinas que exhibían los productos importados, ayudaron a que los niños de la alta sociedad empezaran a recibir costosos regalos traídos por el Viejo Pascuero. Estos cambios produjeron una cierta nostalgia respecto del siglo anterior y una sensación de pérdida de sentido. Sin embargo, el campo continuó resguardando las tradiciones populares, muchas de las cuales siguen presentes hasta el día de hoy como la Fiesta del Pastorcito o Pase del Niño; se trata de celebraciones comunitarias, donde todos tienen un rol que jugar, algo que ya se ha perdido en la sociedad urbana actual.

INFORMACIÓN PERIODÍSTICA Nicole Saffie, periodista, nsaffie@uc.cl.

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